Lo más difícil tras crear un disco de éxito es responder a la pregunta: ¿qué viene después?
Resulta normal que un artista se sienta presionado tras haber creado una obra maestra. Y más aun si es la mejor de su carrera. Eso mismo le ocurrió Bowie a la hora de plantear su tercer disco: The Man Who Sold The World.
Tras la masa de fanáticos que trajo consigo el rock acústico, tan íntimo, de Space Oddity, el polifacético artista tuvo que hacer cara a la creación de un nuevo proyecto que se alejara de su imagen anterior, en su constante búsqueda de creatividad.
El resultado de esta búsqueda le llevó a escribir letras melancólicas que expresaban la soledad propia del artista envuelto en la vorágine de fama y excesos que era Bowie por "aquellos maravillosos 70". Acompañado por la crudeza de una voz que aún no llegaba a los 30 años y ya había adquirido una madurez impropia, hacen de éste el más -o al menos uno de los más- sinceros de su carrera.
De portada andrógina y pintoresca que causó una gran polémica, The Man Who Sold The World se aleja del estilo de su predecesor con un rock n roll clásico y pinceladas de blues que incluso rozan el arriesgado country (género no muy popular para los entendidos del rock).
Es un álbum notablemente influido por el éxito de las nuevas bandas rock surgidas a finales de los 60 como The Who o Led Zeppelin, que traslada al oyente a un lugar donde las guitarras y bajos psicodélicos toman el protagonismo acompañados de la inclusión del recién estrenado juguete de músicos y productores: el sintetizador.
El disco abre con la magistral “The Width Of A Circle”, una de las joyas del disco. Puro Rock N Roll. Los innumerables solos de guitarra contienen el toque blues que juegan entre los límites del blues y rock. La crisis de identidad por la que Bowie estaba pasando durante esos años se ve reflejadas en versos como: "And the rumour spread that I was aging fast. Then I ran across a monster who was sleeping by a tree, and I looked and frowned and the monster was me" (Y el rumor de que estaba envejeciendo rápido se expandió. Entonces corrí al lado de un monstruo que dormía bajo un árbol, miré y fruncí el ceño y el monstruo era yo).
“All The Madmen” (Todos los hombres locos) es una sincera dedicatoria a su hermano Terry, que hizo despertar su pasión por el jazz y, en concreto, por el saxofón, instrumento que David domina a la perfección. Terry acabó sus días en un psiquiátrico, aquejado de una grave enfermedad mental de la que no se recuperó. El tema comienza con una línea melódica muy estable y la voz de Bowie rozando la dramaturgia. Poco a poco, sube la intensidad con toques medievales conseguidos con una flauta dulce hasta llegar al rock más decadente. Tras el tema se deja entrever una dura crítica a la locura de la sociedad.
Tras “All the Madmen”, Bowie se lanza acertadamente a un blues con “Black Country Rock”. Canción llevadera, la más animada dentro de la melancolía general que transmite el disco.
Le sigue “After All”, una canción susurrada más que cantada en una atmósfera gótica en la que se entrevén matices relacionados con la filosofía Nietzscheana, y que posteriormente influirá a bandas como The Cure. Es, de acuerdo con fans y biógrafos del artista, uno de sus temas más subestimados.
Encontramos expresión política en “Running Gun Blues”, una canción protesta contra la guerra de Vietnam en la que se encontraron inmersos los Estados Unidos. El tema desprende oscuridad pegadiza.
Es difícil escribir sobre los horrores de la guerra y postguerra, y más todavía cuando el conflicto está en pleno auge. Pero quizás, los artistas británicos como Bowie sintieron mayor libertad a la hora de expresar sus opiniones sobre un tema tan espinado que sus contemporáneos americanos.
El toque hard rock está en todo su esplendor, en “Saviour Machine”. En ella podemos ver fragmentos de grabaciones anteriores de Bowie. 'La máquina salvadora', en un tono irónico, critica duramente a la justicia y sus errores.
“She Shook Me Cold” nos descubre la influencia que grupos de heavy metal como Black Sabbath o Led Zeppelin tuvieron en David. En esta canción incluso llega a jugar con la psicodelia.
A finales de los 60, el metal se empezaba a introducir en la sociedad, sobre todo en los jóvenes, que imitaban el estilo de vida desenfrenado de las estrellas del rock más agresivo. Este tema fue compuesto para que sonara lo más amplio posible y que, de esta forma, se caracterizara por una puesta en escena espectacular. Y así fue.
“The Man Who Sold The World”, que da título al disco, es uno de los temas del rock más conocidos y versionados (todos recordaremos la magistral interpretación de Kurt Cobain meses antes de su... ¿suicidio?).
La canción trata sobre la pérdida de la identidad propia y la confusión que genera la búsqueda del "yo" interior.
En algunas entrevistas, Bowie ha descrito a su canción como un homenaje abierto a la juventud y comenta que trata sobre el descubrimiento de la verdadera personalidad con el paso de los años.
Todo ello, en un proceso lento y aparentemente doloroso, donde los sentimientos juegan el papel más importante.
Sumergiéndonos en la letra encontramos fragmentos extraídos o inspiradas en obras literarias de algunos de los poetas favoritos del prolífico cantante como "Antigonish" de Hugh Mearns:
Sumergiéndonos en la letra encontramos fragmentos extraídos o inspiradas en obras literarias de algunos de los poetas favoritos del prolífico cantante como "Antigonish" de Hugh Mearns:
"We passed upon the stair
We spoke of was and when
Although I wasn't there
He said I was his friend..."
We spoke of was and when
Although I wasn't there
He said I was his friend..."
El disco cierra con “The Supermen”, en la que de nuevo encontramos reflejada la filosofía del Romanticismo Alemán, tomando a Nietzsche y su figura de "El Superhombre" como inspiración. Años más tarde de la publicación del tema, durante una entrevista Bowie reveló que el riff de guitarra que suena fue creación de Jimmy Page, guitarrista de Led Zeppelin.
The Man Who Sold The World transporta al oyente a un lugar fuera del planeta, basta cerrar los ojos y dejarse llevar para llegar a entender la maestría de este artista.
Quizás tanta aflicción y pesadumbre depositadas pueden cansar a algunos, de forma que podrían llegar a infravalorar el conjunto del álbum; pero no es más que la plasmación del momento por el que Bowie pasaba a finales de los 60, cuando su carrera se encontraba en el punto más alto y su vida personal en el extremo contrario.
Es un disco difícil que requiere de un análisis exhaustivo. Cada canción es un mundo, y tratar de describirlas siempre parece quedar como un inútil intento de englobar esos mundos, con todos sus océanos, árboles y gentes (guitarras, líneas rítmicas y voces) en unas pocas páginas.
Podríamos pasar incontables horas escuchando The Man Who Sold The World y siempre encontraríamos novedades. Pero, ¿acaso no es justo eso es lo que quiere el público de sus artistas: calidad, creatividad y constantes sorpresas? Resulta sorprendente su versatilidad; llamar "cantante" a Bowie sería menospreciar todas las cualidades que, aunque no vocales, se encuentran elevadas al superlativo en su figura.
No sólo es un disco recomendado, sino un esencial en la estantería de cualquier rockero -¡qué digo!- cualquier amante de la música que se precie.

